Ciudad Victoria, Tamps. a Domingo, 20 de Mayo de 2012
Anibal Martínez
Miércoles, 21 de Abril de 2010
FOTOGRAFIA: PROFR. ANTONIO MALDONADO GUZMAN, CRONISTA DE LA CIUDAD. Ya estaba cansado de tanto insulto. No lo entendía, pero a los parroquianos los delataba sus risas. Uno y otro ya lo habían agarrado de su “puerquito”. Pero esa tarde ya no lo soporto más. Se había mantenido tranquilo, casi como para demostrar que no quería pelear.
Su cuerpo era enorme, fuerte como un roble, sus brazos delataban que era una persona que realizaba trabajos pesados, sus piernas estaban casi de la misma forma. Pocos sabían que era extranjero. Venía de Canadá, laboraba como leñador y cazador, por lo que era muy diestro con el hacha, cuchillos, el rifle y cualquier herramienta punzocortante.
Nadie, ni siquiera las autoridades, sabían que venía huyendo. Allá en el bosque donde tenía su cabaña, cometió 2 crímenes atroces. Por cosas de la vida tuvo que regresar a su casa antes de lo programado… por lo que encontró a su esposa en brazos de su amante.
No se anduvo con contemplaciones. Ella cayó primero víctima de hachazos; y para que no se levantara, su cuerpo recibió varios balazos. A el tipo que se encontraba con ella le sucedió lo mismo, pagó caro el tener el cuerpo de una mujer que no era suya… sino la de ese leñador.
En Canadá tenía fama de ser muy certero con el rifle, por lo que los osos caían con facilidad ante su puntería. Luego, los destazaba y las pieles las vendía. No le gustaban para trofeo. Lo que él quería era el dinero.
Por eso los parroquianos pagaron caro su osadía de burlarse de él. Ese hombre quería estar tranquilo, pero lo provocaron.
Cuando se levantó, no les dio tiempo ni siquiera de prepararse para pelear. Con un certero puñetazo hizo volar por los aires a uno de ellos. Luego, otro y otro más. Con una facilidad asombrosa “sembró” de borrachines la cantina.
Estaba fuera de sí… como loco. Por eso llamaron a los policías preventivos.
Cuando llegaron para someterlo tuvieron que emplearse a fondo, y fue sólo mediante el trabajo de varios que pudieron dominarlo.
Cuando llegaron a la barandilla, le preguntaron su nombre. “John Nichols”, se escucho decir. Pero como los preventivos estaban tan brutos, creyeron que les había dicho “Nico”. Así quedó en el parte informativo. Fue como el registro de su nombre en territorio mexicano.
Por su hazaña, y sobre todo por la demostración que dio de su fuerza bruta y que era incontrolable lo calificaron de loco. Lo mandaron a l Hospital Civil, ahí para que lo “curaran” de esa enfermedad.
En ese lugar permaneció aislado en un cuarto por muchos días. Poco a poco le fueron teniendo algo de compasión. Por eso lo dejaron salir de su confinamiento, aunque no del Hospital.
Entonces, para “matar el tiempo”, se dedicaba a hacer trabajos diversos en los jardines, como podar arboles; y en general, puso en práctica lo que bien había aprendido en los bosques del Canadá.
Cierto día, el director del Hospital Civil, el Doctor Tirado requería realizar una autopsia a un cadáver. No había quien en esos momentos se hiciera cargo, por lo que alguien le sugirió que probara a “Nico”. Al médico le pareció buena idea y lo mando llamar. Le explicó qué era lo que quería, y como “Nico” ya sabía algo de español, le entendió.
En la cara del Canadiense se dibujó una gran sonrisa. Pondría en práctica algo que él dominaba a la perfección… el arte de destazar osos…pero ahora lo haría con cuerpos humanos.
A los pocos minutos, Nico ya había cumplido con lo que se le había ordenado y pidió la presencia del doctor legista. Con una rapidez asombrosa abrió su primer cuerpo en el Civil. Las vísceras estaban expuestas. Y con una maestría de cirujano había desprendido la tapa del cráneo.
Luego de su primer “trabajo” Nico sonreía y sonreía.
De esa manera se ganó el puesto de destazador oficial de los cadáveres en el Hospital Civil. Los que lo conocieron, sobre todo los reporteros de la nota policiaca y los fotógrafos, cuentan que cuando estaba por llegar un cadáver a la morgue, Nico comenzaba a reír de manera maliciosa.
Pero cuando no había algún muertito, Nico estaba desesperado. ¡Quería ver sangre!
Esa es la leyenda de Nico. Aún asombra a muchos, inclusive el Cronista de la Ciudad, Antonio Maldonado Guzmán la cuenta con mucho interés y
ha tratado de encontrar los últimos rastros de Nico. Me dice que el Canadiense se enamoró y se perdió para siempre de nuestra ciudad. No hay rastro alguno que lleven a su paradero.
Que nadie sabe cuál fue su destino.
Así como llegó, se fue.. Todo es un misterio sobre Nico, el destazdor de osos… y de cadáveres.
Director General: Anibal Martínez
Directora: Georgina Martínez
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